Semana Santa en Bosnia — Día 4

20 de abril de 2025. Último día en Sarajevo. Vuelvo a despertarme con el sol y me calzo las zapatillas de correr. Hoy la noche ha estado despejada y eso se nota en el frío que hay al amanecer; toca correr más rápido para entrar en calor.

El otro día, aunque la tarde anterior habíamos dado ya una vuelta por la ciudad, apenas conocía las calles de Sarajevo y fui siguiendo un recorrido que había planificado. Hoy, en cambio, la carrera es libre y la aprovecho para recorrer algunos de los puntos que quiero ver sin gente: la Catedral del Corazón de Jesús con una rosa de Sarajevo delante —el otro día había tanta gente que no la vimos—, la mezquita Gazi Husrev-beg, el ayuntamiento, etc. Siento este recorrido como una despedida a solas entre la ciudad y yo.

Museo de crímenes contra la humanidad y el genocidio

Tan solo tenemos media mañana libre hasta tener que ir al aeropuerto. El otro día, cuando visitamos el museo del sitio de Sarajevo, compramos una entrada conjunta que incluía el museo de crímenes contra la humanidad y el genocidio.

La guerra que se desencadenó en Bosnia tras el referéndum de independencia que se celebró los días 29 de febrero y 1 de marzo de 1992, y que arrojó un resultado del 99,43 % a favor de la independencia —estuvo boicoteado por los serbobosnios y tan solo contó con una participación del 67%—, provocó una serie de sucesos horribles e inhumanos como el sitio de Sarajevo —el más largo de la historia de la guerra moderna— o el genocidio llevado a cabo por los serbobosnios contra los bosnios —uno de los más sangrientos desde la Segunda Guerra Mundial—.

Dentro de todos los actos que conformaron el genocidio, la masacre de Srebrenica es la más sobrecogedora. Entre el 13 y el 22 de julio de 1995, los serbobosnios —católicos ortodoxos serbios— asesinaron sistemáticamente a unos 8.000 bosnios —musulmanes—.

Conforme avanzamos por los pasillos del museo y vamos leyendo los testimonios de los desafortunados protagonistas del genocidio, no damos crédito a lo que puede llevar la barbarie humana. Por desgracia, los genocidios no son algo ajeno a la historia moderna. Todo el mundo conoce el Holocausto nazi. Todo el mundo coincide en que es algo de lo que debimos aprender para que no se repitiera. Pues bien, no se ha aprendido nada. La segunda mitad del siglo XX está plagada de genocidios como el de Bosnia, el de Ruanda o el de la dictadura franquista en España… Todos ellos tienen rasgos comunes y todos ellos comienzan por un líder —Adolf Hitler, Slobodan Milošević, Francisco Franco, etc.— que convence a unos que los otros —sus semejantes— no son personas. Hoy en día basta escuchar el telediario para volver a escuchar estos discursos.

Camino, de nuevo, hacia Belgrado

Tan solo han sido dos días y medio en Sarajevo, pero parece que haya sido un mes. La historia de la desintegración de Yugoslavia y sus guerras es una parte de la historia moderna que me atrae irremediablemente. Tal vez sea porque es algo que, aunque yo era aún un niño, me acuerdo de escucharlo en la televisión. Me resulta especialmente impactante que el infierno estuviera a las puertas de casa. Que mientras en Barcelona se estaban celebrando los JJ. OO., en Sarajevo estaban sufriendo un cruel sitio que aún duraría varios años. Me sobrecoge pensar cómo los sarajevenses disfrutaron en 1984 de unos JJ. OO. de invierno, y que tan solo ocho años después su ciudad se convirtió en su prisión, y para muchos en su tumba.

Conforme uno va aprendiendo, su visión de la realidad cambia. Los ojos son los mismos, pero la percepción no. Cuando aterrizamos el otro día en Sarajevo, la pista de aterrizaje era eso, una pista de aterrizaje. Ahora, conforme el avión coge velocidad para el despegue, no puedo evitar pensar en el simbolismo de esta pista. Durante el sitio de Sarajevo, el aeropuerto era el límite del sitio, y debajo de este estaba el Túnel de la Esperanza que dio aire a los bosnios. Ya no es una pista de aterrizaje sin más.

Belgrado

Tratamos de utilizar el transporte público para bajar a la ciudad, pero tras esperar un buen rato en la parada, resulta que ahí es donde dejan a la gente que viene de la ciudad y que para coger ese mismo minibús en dirección contraria hay que bajar a la planta de abajo. Bajamos y nos encontramos con una fila inmensa. No vamos a caber todos, así que volvemos a tirar de taxi.

Ya hemos dejado todo en el hotel y vamos caminando en dirección al Museo Nikola Tesla. Los serbios han explotado la figura del genial Nikola Tesla —su nombre y su fotografía aparecen por todas partes, hasta en los billetes de 100 dinares serbios—, aunque en realidad nació en Smiljan, la actual Croacia, durante la ocupación austrohúngara.

Estamos frente a la puerta del museo, y, sorpresa, está cerrado. Se suponía que abrían todos los días, pero parece que la Semana Santa tiene algo que ver. Vemos que tampoco admiten tarjetas bancarias, así que tampoco hubiésemos podido entrar porque necesitamos el poco efectivo que tenemos para volver al aeropuerto mañana.

Templo de San Sava

Para esta tarde teníamos dos opciones pensadas: o ir al Museo Nikola Tesla, o ir al Templo de San Sava. Al final resulta que no existía tal disyuntiva.

El Templo de San Sava es la iglesia ortodoxa más grande de los Balcanes, y una de las mayores del mundo. Con ese nombre es fácil adivinar que está dedicado a San Sava, el fundador de la iglesia ortodoxa serbia. Curiosamente, aunque su construcción empezó en 1935, todavía hoy no está terminado del todo.

Tenemos el templo a pocos metros de nosotros, pero por culpa de las obras que aún se están realizando delante de él, apenas vemos el final de la cúpula. Cuando por fin lo vemos, ya lo tenemos encima. Al entrar, la sensación es de inmensidad, algo parecido a lo que uno siente al entrar en la basílica de San Pedro en el Vaticano. Hoy es Domingo de Resurrección y se está oficiando una misa; o lo que entendemos que es una misa. El sol de la tarde entra horizontalmente por la puerta y crea unos rayos de luz que aún le dan más espiritualidad al momento. El templo es realmente bonito.

No sé qué tal hubiera estado el Museo de Nikola Tesla, pero salimos del Templo de San Sava con un buen sabor de boca, perfecto para poner punto final a este viaje tan marcado por las religiones y los conflictos que han creado, que crean y que, por desgracia, me temo, seguirán creando.

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