Semana Santa en Bosnia — Día 3

19 de abril de 2025. La tranquilidad de la zona donde tenemos el hotel fue un espejismo. Anoche tuve que ponerme tapones para conciliar el sueño. Despierto y con la mente clara después de una buena noche de descanso, pienso en que la noche anterior hacía muy mal tiempo y que muy probablemente por eso no había nadie en el bar de copas que hay en la misma calle del hotel. Desafortunadamente, anoche hacía buen tiempo. El incivismo parece que no entiende de fronteras.

Me despierto cinco minutos antes de que suene el despertador. Hoy no habrá sesión de carrera a pie. A las ocho tenemos que estar en la oficina de la agencia que nos va a llevar a hacer una excursión por Herzegovina. Nuestro desayuno depende de la amabilidad del personal del hotel: el turno empieza a la misma hora a la que empezaremos la excursión. La amabilidad bosnia no defrauda, y pasadas las siete ya estamos desayunando.

Un día en Herzegovina

La jornada promete ser interesante y exigente a partes iguales. Vamos a pasar toda la mañana en dirección al mar Adriático, haciendo interesantes paradas, para después visitar Mostar y comenzar el regreso a Sarajevo, donde llegaremos cuando ya haya atardecido.

Nada más comenzar el viaje por carretera me sorprende el buen estado de la misma. Se trata de una autopista que, a juzgar por su estado, debe ser bastante nueva. Cada cierto tiempo hay carteles informativos sobre el origen de la financiación de las infraestructuras; la Unión Europea es un denominador común en todos ellos. Un sentimiento de orgullo me invade cada vez que veo que los miembros de la Unión Europea, mediante el pago de nuestros impuestos, ayudamos a pueblos que, por una razón o por otra, no lo han tenido fácil; la vida da muchas vueltas y quién sabe si en futuro pueden cambiar las tornas.

Mientras el guía nos va explicando el recorrido que vamos a hacer y qué vamos a ver, me quedo embelesado mirando por la ventana. El día no podría ser más soleado. El cielo azul se funde con las hermosas montañas de los Alpes dináricos que, irremediablemente, me recuerdan a nuestro hogar: no son montañas altas ni escarpadas, sino montes cubiertos por densos bosques.

Konjic

Llegamos a Konjic. El guía nos cuenta la leyenda de la fundación de la ciudad. No soy capaz de recordarla en detalle, pero esta, a grandes rasgos, trata de explicar el origen del buen hacer y generosidad de su población; por supuesto, hay intervención divina de por medio. Muchas veces pienso en que sería maravilloso que este tipo de leyendas fueran verdad.

Al contratar un tour turístico, ya sabes los pros y los contras. El gran “pro”, a mi juicio, es que no tienes que preocuparte del transporte y que tienes a un guía local para aprender de él. Por el contrario, el gran “contra” es que pierdes el control de tu tiempo y que pasas a engrosar eso que ahora se llama turismo de masas. Nada más pisar Konjic, y ver la marabunta de gente ensimismada en autofotografiarse sin siquiera pararse a ver lo que les rodea, me hace cuestionarme si la decisión de no ir por libre ha sido buena.

Al parecer, el único atractivo de Konjic es su puente viejo, stara ćuprija en bosnio. Siendo uno de los símbolos de Bosnia, este puente, de origen otomano y construido originalmente en el año 1093, fue un importante cruce en la ruta comercial entre Sarajevo y el mar Adriático. Como no, el puente fue destruido durante una guerra, en este caso la Segunda Guerra Mundial. El dudoso honor de su destrucción lo tuvo el ejército nazi, que lo destruyó para cubrir su retirada en 1945. Fue reconstruido en 2009, pero ya como mero atractivo turístico.

Nos abrimos paso —casi a codazos— para cruzar el puente, bajamos hasta el río Neretva para ver el puente desde abajo y comprobar lo fría que está el agua, y damos por terminada nuestra visita. Bueno, antes de volver a la carretera, por recomendación del guía, visitamos una panadería local para comprar algo de comida para más adelante; no soy capaz de recordar el nombre de lo que compramos, pero sé que es una comida típica bosnia.

Monasterio de Blagaj

Conducimos durante algo más de media hora hasta llegar a nuestra siguiente parada: el monasterio de Blagaj. Desde que hemos cruzado a la región histórica de Herzegovina, el paisaje ha ido cambiando significativamente. Atrás hemos dejado los frondosos bosques para dar paso a un clima mucho más seco donde el monte bajo es el protagonista. Sin lugar a dudas, estamos llegando a la costa Adriática. El guía nos explica que esta región del sur es mucho más cálida que la región de Bosnia —parte central y norte del país— y que en ciudades como Mostar es habitual tener temperaturas superiores a los 40 °C en verano.

Nada más poner pie a tierra, constatamos lo comentado sobre el calor. Es poco más tarde del mediodía y estamos a mediados de abril, pero el calor ya es molesto. Hasta la entrada del monasterio hay unos pocos cientos de metros que se hacen incómodos.

Perteneciente a la rama sufí de los musulmanes, este monasterio —tekke o tekija en su versión bosnia— fue fundado por los derviches en el siglo XVII. Hoy en día es uno de los monumentos más emblemáticos y visitados de Bosnia. Desde principios del siglo pasado no está habitado.

Desde que hemos llegado, hay algo que me llama poderosamente la atención: está todo lleno de restaurantes y terrazas. Parece más que estamos en un sitio de veraneo que en un lugar de culto de tamaña importancia. Hay un bar hasta dentro del mismo recinto. Por supuesto, hay gente por todas partes; todo un reto intentar hacer fotografías sin que te salga alguien de fondo haciéndose un selfi.

Debo tener la morriña disparada porque no dejo de ver similitudes de todo lo que veo con cosas de casa. En este caso, nada más ver el monasterio no puedo dejar de compararlo con el monasterio de San Juan de la Peña en Huesca: ambos están encajonados bajo un majestuoso cortado de piedra y en ambos hay tumbas de personajes de gran relevancia histórica. Es cierto que en San Juan de la Peña no hay ningún nacimiento de un río —río Buna— como aquí, pero bueno, cada uno ve lo que quiere ver.

La visita al monasterio es libre, simplemente pagamos la entrada y podemos empezar la visita como queramos. Echo de menos carteles informativos con información de lo que estoy viendo, tan solo encuentro uno a la entrada del tekke. Vamos entrando en diferentes estancias, pero sin saber para qué servían. A la gente parece que no le importa saber lo que ven siempre y cuando quede bien en Instagram.

Fuera ya del recinto en sí, la mejor vista del monasterio es desde el otro lado del río. Casi hay que pedir cita para poder hacer una simple foto entre sesión fotográfica y sesión fotográfica de los turistas que parece que vayan a salir en el Hola, pero, gracias al soleado día y a las preciosas aguas turquesas del río Buna que salen misteriosamente de debajo de la montaña, al menos la foto merece la pena.

Počitelj

Desde que hemos salido de Konjic, el río Neretva nos ha acompañado marcándonos el camino hacia el mar Adriático. La carretera sigue fielmente cada una de sus curvas, lo que da como resultado un trazado bastante sinuoso donde la línea continua está presente en casi todo momento. Eso sí, que haya línea continua no quiere decir que los impacientes conductores hagan caso omiso de ella y hagan peligrosos adelantamientos.

Tras algo menos de una hora, paramos en Počitelj, nuestra tercera visita del día.

Počitelj es una verdadera joya. Es un pequeño pueblo encaramado en la ladera de la montaña a orillas del Neretva. Hunde sus raíces en el periodo medieval otomano, y, desde luego, sus inclinadas calles empedradas, sus casas hechas totalmente en piedra, su preciosa mezquita y su increíble fortaleza —en ruinas— en lo más alto del pueblo, logran trasladarte a tan remota época.

Aunque nos encontramos con algún que otro grupo de turistas, parece que Počitelj aún está esperando a que llegue la temporada alta. A excepción de pequeños puestos de productores locales, los comercios aún están cerrados. El calor aumenta y ya empezamos a buscar las sombras.

Cascada de Kravica

Nos despedimos del Neretva casi en la frontera con Croacia. Hay curvas en las que tengo el impulso de estirar el cuello, creyendo que casi voy a poder ver el mar Adriático. Estamos tan cerca que casi lo podemos oler. También estamos muy cerca de esa anomalía geográfica que divide la costa croata y que permite tener una línea de costa de apenas 24 km a Bosnia y Herzegovina, la segunda línea de costa más pequeña de un país —con salida al mar, claro— detrás de Mónaco, desde que la república de Ragusa —actual Dubrovnik— cediera en 1699 esa parte de costa a los otomanos para tratar de frenar la expansión veneciana.

Llegamos a la cascada de Kravica. A la vista del complejo que hay montado, no cabe ninguna duda de que estamos en un punto altamente turístico. Pagamos la entrada y comenzamos el descenso hacia la cascada.

Conforme descendemos, se empieza a oír el inconfundible sonido del agua cayendo sin control tras encontrarse con un salto inesperado en el curso del río Trebižat. Aunque parece que estamos cerca, la cascada sigue sin verse. Tan solo cuando estamos ante ella la podemos ver.

El salto de agua no es muy grande, pero sí lo es su anchura. Es bonito. Justo después de la cascada, el agua recobra la calma y se crea una especie de lago. El ambiente es agradable, ya que nos encontramos rodeados de naturaleza. Bueno, si miramos al frente, porque, como no, detrás de nosotros hay montada toda una infraestructura esperando el dinero de los turistas. Por suerte, como pasaba en Počitelj, aún no es temporada alta y aún no está en funcionamiento. Además, gracias a que el agua aún está muy fría, no hay gente bañándose que pueda romper, en mi opinión, la belleza del lugar.

Antes de subir, aprovechamos para comer junto a la parte alta de la cascada. Bajando hemos visto que había unos bancos, y nos ha parecido un lugar ideal para comer lo que hemos comprado en Konjic al principio de la mañana. Aunque con cierta prisa por culpa del gran contra de las excursiones organizadas —perder el control de tu tiempo—, hemos podido disfrutar de un buen momento.

Mostar

Comenzamos la vuelta hacia Sarajevo, pero aún queda la última parada. Tal vez la más esperada del día: la ciudad de Mostar.

Cuando pensamos en Mostar, es muy probable que la mayoría de nosotros pensemos en su puente y en la guerra. No es para menos. En el contexto de la guerra desencadenada tras la declaración de independencia de Bosnia y Herzegovina de Yugoslavia, en Mostar se vivió una guerra dentro de una guerra. Si bien la guerra principal —por llamarla de alguna manera— fue entre bosnios —musulmanes a favor de la independencia— y serbobosnios —cristianos ortodoxos serbios en contra de la independencia—, en esta parte del país existía una comunidad de bosniocroatas —cristianos católicos— que luchó contra los bosnios por el control de la zona tras la expulsión de los serbobosnios, a pesar de la alianza inicial.

La destrucción del puente de Mostar tuvo más un objetivo simbólico que militar. El puente viejo —stari most en bosnio— fue construido en 1566 por orden del sultán Solimán el Magnífico. Durante siglos fue símbolo de convivencia entre musulmanes —bosnios— y cristianos católicos —bosniocroatas—, ya que unía sendos barrios de mayoría musulmana y católica. El 9 de noviembre de 1993, el ejército bosniocroata bombardeó el puente desde el monte Hum hasta derribarlo, representando así, la ruptura entre ambas comunidades.

Empieza a atardecer en Mostar. Andamos por sus abarrotadas calles, abriéndonos paso hasta el famoso puente. Nos advierten de que debemos tener cuidado con los carteristas. Hay tanta gente que, aunque estamos en la entrada del puente, apenas nos damos cuenta. Cruzarlo vuelve a ser una gincana para sortear a toda la gente que se está haciendo fotos; no logro entender qué fotografían si están encima del puente y no se ve nada.

Terminamos de cruzar el puente y decidimos seguir paseando hasta salir de la marabunta antes de volver a cruzar de vuelta. Una vez fuera del circo turístico, y con un generoso cucurucho de helado de Kinder Bueno, la situación mejora. Desde este lado de la ciudad, además, tenemos una magnífica vista del puente.

Cruzamos de nuevo el puente y nos vamos directos a la zona nueva de la ciudad en busca de un lugar especial: la plaza España. Si bien esta mañana sentía orgullo como europeo de la ayuda económica que hemos proporcionado a Bosnia, ahora me invade una especie de orgullo patrio —aunque odio esos orgullos que destruyen más que construyen, y este país en un buen ejemplo de ello— al ver el reconocimiento que hace el pueblo bosnio a las tropas españolas que, en misión de paz, murieron en estas tierras. Esta misión, dentro del marco de las Naciones Unidas, fue la primera del ejército español, y, sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en la percepción de los españoles de sus fuerzas armadas.

El sol, que tanta luz y calor nos ha dado hoy, ya empieza a rozar las cumbres de las montañas que rodean la ciudad. Nosotros estamos derrotados, pero agradecidos. Ha sido un día magnífico en el que hemos descubierto un país hermoso con una historia cruda y cruel, que poco a poco se está poniendo en pie, pero que tiene muy claro que el pasado hay que recordarlo a diario para no olvidarlo; muestra de ello es que han querido conservar algunos edificios tal cual terminaron después de la guerra, y muchas fachadas de edificios habitados no han querido borrar las heridas que provocaron las balas y la metralla que el sinsentido de la guerra incrustó en ellas.

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