Semana Santa en Bosnia — Día 1

17 de abril de 2025. El sol se cuela entre las cortinas de nuestra habitación en Belgrado, Serbia. Aquí amanece sensiblemente antes que en casa. Intento ignorar el hecho de que ya ha amanecido. Ayer —hoy— nos acostamos bastante tarde y apenas hemos dormido cinco horas. La idea de seguir durmiendo es tentadora, pero las ganas de empezar el día son más fuertes.

Ayer, nada más terminar de trabajar, hicimos el recorrido que tanto me gusta —en este caso lo mejor sí es el destino y no el trayecto— y que desde hace unos años se ha convertido en familiar: de casa al aeropuerto de Barcelona. Tras un corto vuelo de apenas dos horas, llegamos a Belgrado, capital de Serbia. Este no era nuestro destino final, sino Sarajevo —capital de Bosnia y Herzegovina—, pero en su día pensamos que sería buena idea hacer una escala larga y aprovechar para conocer la ciudad de camino a Bosnia.

Paseo por Belgrado

Desayunamos en la habitación cosas que nos trajimos ayer. El hotel no tiene servicio de comida, pero tampoco estamos interesados en él. Parece ser que por estas tierras son más de té que de café, en la habitación tenemos a nuestra disposición un hervidor de agua con dos bolsitas de té, pero ni rastro de café; ya solucionaremos este pequeño problema a lo largo de la mañana.

Salimos a la calle. Ayer, cuando llegamos, era de noche y apenas nos dimos cuenta de lo que nos rodeaba; eso sí, pudimos ver que a los belgradenses les apetecía salir de fiesta a pesar de ser miércoles. Con la claridad del día todo se ve diferente, lo que por la noche puede parecer intimidante, por el día puede resultar muy atractivo.

No tenemos muchas horas hasta tener que volver al hotel a recoger nuestras cosas e ir al aeropuerto, pero sí las suficientes para dar un agradable paseo por el casco antiguo. Son ya pasadas las nueve de la mañana, pero la ciudad aún se está desperezando.

Paseando tranquilamente llegamos a donde queríamos: el Kalemegdan, es decir, la fortaleza de Belgrado.

Kalemegdan

Hasta hace unos días, mi conocimiento de Belgrado era prácticamente nulo. Gracias a un viaje a Croacia el año pasado, de Serbia sabía sobre su papel en la desintegración de Yugoslavia, pero poco más. Como tampoco íbamos a tener mucho tiempo, tampoco profundicé mucho sobre los atractivos de Belgrado. De todo lo que vi, lo que más me llamó la atención fue su fortaleza. Abierta 24 horas y de acceso libre, era ideal para una visita rápida.

El paseo por Kalemegdan es agradable. Parece que aún es demasiado temprano para el turismo de masas, y podemos disfrutar del paseo prácticamente solos. Tan solo nos encontramos con algunos locales paseando a sus perros. El tiempo acompaña. Vamos sin abrigo —lo hemos dejado en el hotel— y no lo echamos de menos, buena señal.

La fortaleza de Belgrado me gusta. No conozco cómo ha llegado hasta la situación actual, pero siempre me gustan las ciudades que brindan a sus ciudadanos áreas verdes donde ir a pasear o hacer deporte. Arquitectónicamente hablando —no soy un experto en estos asuntos—, lo que veo me gusta. La fortaleza no solo guarda siglos de historia entre sus muros, sino que además es un excelente mirador, tanto de la ciudad de Belgrado como del impresionante Danubio, que recibe sin inmutarse las aguas del generoso río Sava.

No son ni las diez de la mañana y el reloj ya me avisa de que he llegado a los famosos 10.000 pasos. Aún tenemos un rato más, por lo que decidimos parar a tomar un café antes de volver al hotel. El lugar escogido no podría ser más agradable. Se trata de la cafetería de una librería con vistas a una de las calles principales de la ciudad. Además, aquí también encuentro un libro de serbio para mi colección de libros de idiomas.

Camino a Sarajevo

Cuando llegamos ayer al aeropuerto de Belgrado no dudamos en pillar un taxi hasta el hotel. Era tarde y no había muchas más opciones; también era la opción más cómoda y rápida, claro. Ahora, gracias a una pequeña parada en la oficina de turismo, ya sabemos cómo ir con transporte público, pero de nuevo elegimos la opción del taxi por comodidad y rapidez.

En el aeropuerto, tanto el control de pasaportes como el de seguridad los hacemos en unos pocos minutos. El vuelo, que no llega ni a los cuarenta minutos, tiene un final un poco agitado por culpa del fuerte viento; de hecho, nada más entrar en la terminal escuchamos que un vuelo a Londres se cancela por las malas condiciones meteorológicas en Sarajevo.

Al intentar bajar a la ciudad desde el aeropuerto nos encontramos frente a la primera diferencia respecto a lo que estamos acostumbrados en Europa —lo cual no quiere decir ni que sea mejor, ni peor, simplemente diferente—: autobuses y taxis solo se pueden pagar en metálico. No llevamos metálico y nos toca pagar un cambio de divisa abusivo. Esta mañana en Belgrado, por un pequeño error de cálculo, he sacado demasiado efectivo para mi colección de divisas extranjeras, y pienso que es mejor idea cambiar dinares serbios por marcos convertibles de Bosnia y Herzegovina en lugar de sacarlos de uno de los cajeros del aeropuerto donde, seguro, habrá una comisión exagerada.

Tras tener que dejar pasar un autobús —las frecuencias son horribles y esperar al siguiente es perder más de una hora— y un taxi por no tener efectivo, y mientras esperamos la llegada de otro taxi ya con 70 BAM en el bolsillo, nos pregunta una mujer española si sabíamos cómo funcionaba el asunto de los taxis. Le decimos que acabamos de hacernos expertos en el asunto, y que, si le va bien, se venga con nosotros. A los pocos minutos ya estamos los tres en un taxi camino a la ciudad. El taxista, por cierto, superamable.

Primera tarde en Sarajevo

¡Qué ganas teníamos de llegar a Sarajevo! Tras llevar un tiempo preparando la visita, leer sobre sus atractivos, su rica, dura y cruel historia, etc., pasear por sus calles por primera vez es como poner cara a alguien con quien tan solo has hablado por teléfono.

Casi sin querer, recorremos gran parte del barrio otomano, el más antiguo de la ciudad. Las calles de este viejo barrio te invitan, sin darte cuenta, a ir callejeando. Los edificios pequeños y sencillos con una arquitectura singular —sin duda resultado del cruce de culturas—, los omnipresentes minaretes y la infinidad de terrazas con gente comiendo y bebiendo, crean un ambiente difícil de describir.

Apenas son las siete de la tarde, pero ya estamos cenando. Es la magia de viajar, alteras totalmente tus hábitos, pero todo parece encajar armoniosamente. No desaprovechamos la primera ocasión que se nos presenta, y pedimos el que se considera plato nacional de Bosnia: Ćevapi, carne a la parrilla en forma de salchicha dentro de pan plano acompañado de cebolla cruda.

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