Los talayots son herederos de una tradición arquitectónica milenaria que en las Islas Baleares puso en pie grandes edificios con enormes bloques de piedra, sin la ayuda de la rueda ni tampoco argamasa alguna para trabar y consolidar los muros.
En Mallorca se conservan más de 400 talayots distribuidos por toda su geografía. Esta cifra da idea de la densidad de población que alcanzó la isla hace tres milenios. También señala la importancia de una de las funciones más evidentes de los talayots: la de torre de vigía. Desde sus azoteas se podía controlar el territorio circundante y establecer comunicaciones eficaces con pueblos vecinos.
El talayot 1

Con 17 m de diámetro máximo y casi 4 de altura conservada, es el talayot más grande de Mallorca. Para su construcción, en la que se calcula que intervinieron unas veinticinco personas durante dos meses en jornadas de sol a sol, se emplearon unas 2000 toneladas de piedra, extraídas en su mayoría de la cantera recientemente descubierta al ple de la fachada oeste del talayot.
El techo estaba formado por vigas de acebuche —olivo silvestre— colocadas radialmente sobre la columna central y revestidas con barro, ramas y piedras pequeñas. Proporcionaba al edificio una azotea de unos 170 m², a la cual se accedía desde el exterior mediante algún tipo de escalera. Al piso interior se entraba por un pasillo que comunicaba con una de las casas del poblado.
El interior del talayot, con apenas 30 m² hábiles, disponía de una cámara empotrada y de un pequeño recinto semicircular. Este espacio estaba dedicado al descuartizamiento de reses y distribución de carne, especialmente de cerdo y buey. El análisis de los restos recuperados en las excavaciones indica que una pequeña parte se consumía allí mismo, probablemente en el marco de eventos periódicos, mientras que el resto era consumido en las casas.
El talayot 2

Las peculiaridades arquitectónicas de este talayot, que carece de puerta lateral y presenta un espacio interno muy reducido, se deben a una profunda remodelación arquitectónica que había de paliar serias deficiencias de la construcción inicial. Estos fallos estructurales todavía son visibles en la fachada norte, donde se detectan derrumbes antiguos precariamente reparados. Para corregir los problemas de estabilidad del edificio hubo que tapiar la puerta original, forrar la estancia interior con un nuevo muro y, finalmente, idear un acceso en la azotea para poder bajar hasta la cámara a través de la escalera de caracol empotrada en el nuevo muro.
En la estancia interior resultante, de apenas 9 m² y dominada por la oscuridad, destacaba la imponente columna central que sustentaba la techumbre. Un espacio tan pequeño y sin ningún tipo de infraestructuras era, en cambio, idóneo para reuniones que acogieren a unas pocas personas. La vajilla recuperada en las excavaciones corrobora esta idea: consistente en un conjunto de copas de un tipo que no aparece en ningún otro lugar del poblado, la suma de las capacidades de estos recipientes era igual a la de otro vaso también singular; así pues, parece que se trata del servicio empleado para consumir alguna bebida en el transcurso de reuniones de pequeños grupos, quizá relacionadas con deliberaciones y acuerdos de carácter político o con ceremonias rituales.
El barrio talayótico

El barrio talayótico sufrió un incendio generalizado que arruinó para siempre sus edificios. En épocas posteriores los escombros fueron retirados o bien regularizados para acoger nuevas casas y talleres que acabaron desfigurando el trazado original.
Las excavaciones han confirmado que, en origen, todo el diseño urbanístico giró en torno a los talayots. Estos fueron construidos en primer lugar y de ellos partían muros imponentes «murallas» que cerraban el conjunto por el sur, donde encontramos el acceso principal. Las viviendas se adosaron a las fachadas de los talayots o bien a esta especie de muralla, cuya función parece más urbanística que propiamente defensiva.
Pese a las diferencias de forma y tamaño, cada casa disponía de infraestructuras, mobiliario y utillaje doméstico para acoger a un grupo de entre 5 y 10 personas, probablemente emparentadas. La capacidad de almacenamiento, ya fuera en forma de «armarios» de piedra —hornacinas, arquetas— o contenedores cerámicos, era muy reducida en comparación con las necesidades de consumo.
Todas las viviendas disponían de una provisión de agua limitada que se acumulaba en cisternas excavadas en el subsuelo o en grandes tinajas. Un hogar presidía la casa y proporcionaba luz y calor, así como la energía necesaria para preparar la comida y hornear la vajilla cerámica utilizada en las tareas cotidianas.
En las casas también se fabricaban las prendas de vestir y las herramientas, hechas en su mayoría con materias primas locales accesibles a toda la comunidad —piedra, arcilla, hueso, madera, fibras vegetales—. No existen indicios de talleres especializados. La organización socioeconómica, en suma, parece haber estado organizada a partir de la cooperación y la reciprocidad.


