
20 de junio de 2025. Último día en Uzbekistán. Hoy vamos a estar todo el día en Samarcanda. Han sido tan solo cinco días, pero realmente han sido intensos. Esta intensidad, por no llamarla cansancio, la noto al despertar. Quería salir a correr para despedirme de la ciudad aun amaneciendo, pero hago caso a mi cuerpo y decido descansar un poco más.
Hoy sí podemos aprovechar el desayuno del hotel y parece que intentamos recuperar los desayunos no disfrutados; mañana lo volveremos a perder porque el vuelo sale de madrugada. No sé si es buena idea llenarse tanto teniendo en cuenta que vamos a estar toda la mañana andando bajo el sol, pero ya es tarde.
Mezquita Hazrat Khizr

Salimos del hotel y recorremos una vez más la misma calle peatonal —si no recuerdo mal, se llama Taskent, pero como está en alfabeto cirílico, no estoy seguro—, aunque en dirección opuesta al Registan; ya hicimos este recorrido para ir a la mezquita Bibi-Khanum o a Shah-i-Zinda.
Dedicada a Hazrat Khizr, figura legendaria considerada en el islam como el “protector de los viajeros, benefactor de los vagabundos y símbolo de la inmortalidad”, a esta mezquita también se le conoce como «la mezquita de los viajeros». Su origen se remonta al siglo VIII y hoy en día sigue siendo uno de los templos más simbólicos de la ciudad.
Para acceder a la mezquita hay que subir por unas pequeñas escaleras y, en estas, pone que todos los servicios proporcionados en las instalaciones son gratuitos; de hecho, es la primera mezquita a la que entramos sin tener que pagar entrada.
La mezquita es imponente. Gracias a estar sobre un pequeño montículo, desde ella se tienen unas de las mejores vistas de Samarcanda en general y de la mezquita y mausoleo de Bibi-Khanum en particular.
Estamos en el patio central y llaman a la oración. De inmediato todo el mundo deja de hacer lo que estuviera haciendo y comienzan a rezar. Al principio no me doy cuenta de este detalle y me quedo solo en pleno patio haciendo fotografías. En cuanto soy consciente de ello, por respecto, me siento en la bancada que hay en el porche. De nuevo surge esa sensación de espiritualidad de la que no logro ser partícipe al no ser una persona religiosa, pero que provoca en mí una especie de envidia.
Bazar Siyob

De camino a nuestra siguiente parada visitamos el bazar Siyod. También conocido como bazar de Siab, este es el mayor mercado de Samarcanda. Aunque se puede considerar como un punto turístico, en cuanto uno da una vuelta por él,rápidamente constata que este mercado es un punto importante de abastecimiento para los samarcandeses y samarcandesas.
Vamos andando por las distintas calles, y como ya hemos visto en otros marcados como el de Taskent, todo está ordenado por zonas: frutas, especias, carne, etc. Tal vez sea porque es un mercado al aire libre —aunque con techo—, pero no da ninguna sensación de agobio a pesar de haber muchísimo género y de que todos los vendedores intenten llamar tu atención. También parece todo mucho más cuidado y la carne está en cámaras refrigeradas. Todo tiene muy buena pinta.
Tras eludir las llamadas de los vendedores, al final uno consigue llevarnos a su terreno. Tan solo han hecho falta pararnos unos segundos y escucharle para irnos con una bolsa con distintas especias; probablemente el precio sea mucho más elevado de lo normal, pero estamos contentos con la compra.
Mausoleo Bibi-Khanum

Casi enfrente del bazar tenemos nuestra siguiente parada: el mausoleo de Bibi-Khanum. Se trata de la misma Bibi-Khanum de la mezquita que está justo en frente, es decir, la supuesta mujer favorita del omnipresente Tamerlán.
El mausoleo no es especialmente grande. Si lo comparamos con los vistos en Shah-i-Zinda tampoco es de los más bonitos. Para colmo, dentro hay tres tumbas y tampoco hay un consenso sobre cuál pertenece a Bibi. Aun así, previo pago, entramos. No sé por qué nos atrae tanto la figura de Bibi.
Por dentro el mausoleo es austero. Para visitar las tres tumbas hay que bajar unas escaleras. No es nada especial, y, como no, tampoco hay nada de información. Estamos solos y aprovechamos para descansar un poco en las sillas que hay. Es un sitio austero, sí, pero es agradable.
Mausoleo Gur-e Amir

Nuestra última visita del viaje no podría ser otra que al mausoleo de Tamerlán. Este se encuentra algo alejado del centro, aunque se puede ir andando perfectamente. Hace calor, por lo que finalmente decidimos ir en taxi; sufriendo los horribles baches —realmente son sistemas de canalización no cubiertos— de la ciudad vieja.
Llegamos a Gur-e Amir, que en persa significa «tumba del Rey»; la traducción deja muy clara la importancia del lugar. Originalmente, este no fue el lugar de enterramiento de Tamerlán, sino que este se había construido una pequeña tumba en Shahrisabz —anteriormente llamada Kesh—, su ciudad de nacimiento. Actualmente, aquí se encuentran las tumbas de Tamerlán, de sus hijos Shahruj y Miran Shah, de su nieto Ulugh Beg, del sultán Muhammad —quien ordenó la construcción de este mausoleo a finales del siglo XIV, finalizando en 1403— y de su maestro Mir Said Baraka.

Como en todos los monumentos de Uzbekistán en general, y de Samarcanda en particular, Gur-e Amir sufrió un deterioro muy fuerte a lo largo de los siglos, y no fue hasta el siglo pasado cuando fue reconstruido.
El complejo es espectacular, aunque lo más importante del lugar sea la tumba del gran líder uzbeko. En la sala donde se encuentran las tumbas —realmente son representaciones, allí no hay ningún cuerpo—, sorprende ver cómo la tumba más grande no es la de Tamerlán sino la de su maestro. Este detalle lo dice todo sobre la admiración que sentía Tamerlán por él; curioso el contraste con el descrédito, por no decir desprecio, que sufren los maestros actuales.
Todo lo que tiene un comienzo, tiene un final
Después de comer y regresar al hotel a descansar un poco, salimos a dar nuestra última vuelta por Samarcanda. La tarde acompaña y el atardecer es hermoso. Volvemos a recorrer las mismas calles que tanto hemos disfrutado —y sufrido por el calor— estos días.
Volvemos a subir hasta la mezquita Bibi-Khanum y su mausoleo para volverlos a ver, como el primer día, teñidos de naranja gracias a los últimos rayos del sol. Bajamos de nuevo, como no, al Registan.
La plaza sigue con la misma vida que estos días. Me gusta mucho el ambiente que hay. Me gusta la tranquilidad que se respira. Desde luego, antes de venir a Uzbekistán, nunca me hubiera imaginado que me podría llegar a sentir tan cómodo en un lugar tan exótico como este. Es la magia de viajar que nos abre a otros mundos y saca de nuestra cabeza las ideas que, en algún momento, vaya usted a saber por qué, alguien nos metió en ella.


