
16 de junio de 2025. Otra vez el mismo niño llorando. Estamos llegando a Samarcanda, Uzbekistán, y el vuelo no ha sido todo lo tranquilo que suelen ser los vuelos nocturnos. El mismo niño que ha estado berreando todo el vuelo, se adelanta a la tripulación de vuelo para despertarnos.
Anoche partimos de Estambul tras una larga escala en la ciudad, y hoy, por fin, llegamos a nuestro destino final. En realidad, la escala fue voluntaria para poder pasar todo el día por la antigua Constantinopla. Fue una buena decisión.
Gracias al cambio horario de dos horas respecto a Turquía, las cuatro horas de vuelo y que estamos próximos al solsticio de verano, aterrizamos con la penumbra que dará paso a un soleado día en Samarcanda.
Llegamos a Samarcanda
El control de pasaportes es rápido, aunque algo desordenado. Las únicas garitas que hay para personas no uzbekas o diplomáticas están cerradas. Al final nos hacen pasar por una para uzbekos. Nuestro equipaje no tarda en salir. Siempre me parece mágico entregar tu maleta en España y recibirla puntual a miles de kilómetros de distancia.
Salimos a la terminal y lo primero que me llama la atención es lo moderno de la terminal. No es muy grande, pero tiene un diseño elegante y luminoso. Me gusta. Tras comprobar que efectivamente nuestra tarjeta de datos global no funciona en Uzbekistán —primer país en el que no nos sirve después de haberla probado en varias decenas de países—, compramos un par de tarjetas por un precio ridículo para el servicio que prestan. No vemos ningún cajero automático, así que compramos som. Sabemos que el cambio no es muy bueno, pero no queremos salir a la ciudad sin dinero local.
Descanso necesario
Salimos de la terminal y vamos directamente al hotel. Son apenas las cinco de la mañana, pero ya es completamente de día. El ambiente es muy agradable, aunque con el sol ya amenazante en el horizonte, al frescor matutino poco le queda.
Con el taxi nos pasa lo mismo que con la tarjeta del móvil, el precio es ridículo: una carrera de 15 minutos ha costado menos de un euro y medio.
Podemos entrar directamente en la habitación porque hemos pagado esta noche, aunque lleguemos ahora. Lo bueno es que sí podremos disfrutar del desayuno. Echamos cuentas y vemos que apenas hemos dormido un par de horas en el avión, así que decidimos apurar la hora límite del desayuno y bajar a última hora para poder dormir unas pocas horas más.
Primera mañana en Samarcanda
Despertamos no muy convencidos, pero el desayuno nos espera. Es bueno. Es una mezcla de comida uzbeka y comida internacional. Desayunamos de buena gana.
Saliendo de la recepción del hotel, notamos el asidero de la puerta caliente. La sensación no es muy halagüeña. Nada más salir por la puerta, un golpe de calor nos da la bienvenida. Del frescor de la mañana no queda ni rastro.
Nos dirigimos a nuestra primera visita. Como no podía ser de otra forma, decidimos que la primera visita tiene que ser al Registán.
Registán

El Registán es el corazón de Samarcanda. Siempre lo ha sido. Su nombre significa «lugar de arena», si bien hoy en día ese nombre no sería muy acertado. Samarcanda es una ciudad que tiene más de dos milenios y medio de historia, y este lugar siempre ha sido su centro. Impresiona pensar que grandes nombres de la historia hayan pasado por aquí: Alejandro Magno, Gengis Kan, Tamerlán, etc.
Durante la época dorada de la Ruta de la Seda, en este lugar se daban cita caravanas que viajaban de Oriente a Occidente y viceversa. Si hoy en día es un lugar impresionante, hipnótico, no me puedo ni imaginar cómo sería para un habitante del siglo XV. No en vano, no poca gente ha considerado Samarcanda como una de las ciudades más hermosas de la historia.
Nuestro hotel está en el centro y podemos ir andando hasta el Registán por una agradable calle peatonal. No tardamos mucho en empezar a ver el inconfundible perfil de las madrasas. Tras un pequeño paseo, estamos delante de una de las plazas más impresionantes que he visto nunca. Ni me doy cuenta del calor.

Aunque la plaza es perfectamente visible, de hecho hay una inmensa escalinata con un mirador al fondo, no lo dudamos y vamos a la taquilla para acceder al recinto. Vemos que aquí han puesto en práctica lo que tanto reclamamos para nuestro país: hay un precio para locales y otro para extranjeros; en esta ocasión los extranjeros pagamos 10 veces más que los locales, unos 7 € por persona. La visita es libre, aunque nada más cruzar los tornos, una mujer nos da la bienvenida y nos pregunta si necesitamos una guía. Declinamos la oferta, ya que, en esta ocasión, preferimos ir tranquilamente leyendo la información que tenemos.
En el Registán hay tres imponentes madrasas al oeste, norte y este de la plaza. La más antigua, al oeste, es la madrasa Ulugh Beg (1417-1420), justo en frente de esta se encuentra la madrasa Sher-Dor (1619-1636) y, entre ambas, se encuentra la madrasa de Tilya-Kori (1646-1660). Aunque tal vez hoy en día asociemos las madrasas a estudios religiosos, lo cierto es que estos centros fueron punta de lanza en el conocimiento científico y humano.

A pesar del calor visitamos cada palmo de las tres madrasas. Estamos impresionados. Impactados. Sabemos que lo que vemos es una reconstrucción que se inició en el periodo soviético, pero, aun así, se hizo con tal esmero que casi oímos el trasiego de comerciantes y estudiantes que, sin duda, en su día hubo aquí. De regalo, por si fuera poco, en la madrasa Ulugh Beg disfrutamos de una pequeña, pero muy interesante, exposición sobre la labor científica y humana que se llevó a cabo en Samarcanda durante el Imperio timúrida. Personalmente, me emociono en las vitrinas donde se habla del papel de Samarcanda y de la escritura.
Primer contacto con la comida uzbeka

Tras varias horas en el Registán, es hora de ir a comer. Sabemos que en Uzbekistán el plov y la carne son los reyes de la gastronomía. Decidimos debutar con algo que nos encanta: carne a la brasa. Justo enfrente del Registán parece que hay un buen restaurante.
El olor a carne asada nos guía hasta la entrada al restaurante. No hay aire acondicionado, pero sí sombra y ventiladores. Lo tomamos como una victoria. En el establecimiento vemos tanto locales como extranjeros. Nos gusta el lugar y nos sentamos a la mesa.
Carne, pan y agua es la combinación ganadora. En Europa tenemos asociada la palabra kebab a esos rollos enormes de carne que cortan en el momento y nos lo sirven en un pan de pita, pero, en realidad, kebab significa asado. Pedimos varios tipos de kebab y nos los sirven ensartados. Nos saben a gloria. El pan, orgullo nacional, también está buenísimo. Pagamos la cuenta y volvemos a constatar que los precios en este país son muy económicos. Hemos comido dos personas por menos de 6 €.
Primer atardecer en Samarcanda
Despertamos tras una necesaria siesta y nos planteamos qué hacer. Algunas de nuestras opciones cierran relativamente pronto, por lo que visitar la mezquita de Bibi-Khanum, a pocos minutos andando del hotel, se nos antoja la mejor opción. Salimos del hotel y la tarde nos recibe con una temperatura mucho más agradable que por la mañana. Pasear vuelve a ser un placer y deja de ser un reto.
Mezquita de Bibi-Khanum

Tras la campaña india de 1399, Tamerlán quiso construir la mayor mezquita de la época para celebrarlo. Ese deseo se materializó en 1404, cuando la mezquita de Bibi-Khanum vio la luz. Tamerlán decidió darle a la mezquita el nombre de su mujer favorita: Bibi-Khanum.
Cuenta la leyenda que el arquitecto de la mezquita, enamorado de Bibi, le exigió a esta un beso para concluir las obras cuando faltaba muy poco para la llegada de Tamerlán. Esta cedió al chantaje, pero con la condición de que el beso se diera a través de su velo. Así se hizo, pero con tan mala suerte de que el beso dejó una huella en dicho velo. Tamerlán regresó y vio la huella en el velo. Tras conocer la verdad, enfurecido, ordenó la captura y ejecución del arquitecto. Este, para su suerte, ya había huido.
Tras un agradable paseo llegamos a la mezquita. El sol, ya en el horizonte, empieza a teñir todo de esa maravillosa luz del atardecer. La mezquita es hermosa, pero con esta luz parece de ensueño. Gracias a estar apurando la última hora de apertura, no hay mucha gente. Recorremos embelesados todos los rincones del lugar.
Como el Registán, esta mezquita también comenzó su renovación en la época soviética, pero al contrario de aquel, esta no está reconstruida del todo. Faltan, entre otras cosas, los laterales techados que unían los edificios auxiliares con el principal. Testigos de lo que un día hubo allí, los restos de las columnas nos dan una idea de su distribución.
El edificio central nos sorprende por estar desnudo por dentro. Tal vez este contraste entre las hermosas cúpulas y los frontales cuajados de impresionantes baldosas, y las paredes marrones, con los ladrillos que le dan forma al descubierto, nos hacen de puente entre lo que fue y lo que acabó siendo tras siglos de olvido.
Primera cena en Samarcanda
Salimos de la mezquita con ganas de cenar. Cuando hemos venido paseando hasta aquí, hemos visto que justo al lado de la mezquita había un par de restaurantes. Miramos rápidamente las reseñas de cada local y elegimos uno.
Aprovecho la cena para seguir probando las especialidades uzbecas. Me pido una samsa y un plato de mantis. La samsa, a simple vista, podría parecer un bollo relleno de chocolate de los que podemos encontrar en cualquier panadería; en realidad es una masa hojaldrada rellena de carne. Me gusta, pero no me entusiasma; me parece que la carne es un poco vieja. En cambio, con los mantis la sensación es otra. Me gustan. Los mantis son masas rellenas que, para que nos entendamos, son como los dumplings asiáticos.
Último regalo del día
Se ha quedado una noche estupenda. Decidimos dar un paseo para bajar la cena y, casi sin darnos cuenta, llegamos hasta el Registán. El espectáculo de luz y música que en esta época del año es diario acaba de comenzar.
Nos atrapa. Es un espectáculo elegante. Estamos sentados en la escalinata enfrente de las madrasas. Esta mañana estas escalinatas quemaban, ahora son el lugar ideal para disfrutar del espectáculo. El espectáculo de luz y música da paso a otro audiovisual que no nos convence mucho. Pensamos que es buen momento para volver al hotel.


