Milano Cortina 2026 — Día 4

9 de febrero de 2026. Mens sana in corpore sano. Ayer fue mi despedida de los Juegos Olímpicos, pero hoy, al menos, voy a poder consolarme aprovechando la mañana para conocer Trento. Aunque llevo tres días por aquí, apenas he visto la ciudad. Aún estamos en invierno y las altas montañas que flanquean la ciudad hacen que el sol desaparezca demasiado pronto. Oscuridad, frío y cansancio me han disuadido estas tardes de pasear por la ciudad.

A pesar de ser conocida por el famoso concilio —Concilio de Trento—, la ciudad de Trento es bastante pequeña y no destaca por albergar gran cantidad de monumentos y museos. Evidentemente, los tiene, pero comparado con otras ciudades de Italia, son más bien escasos. Es por ello que, para sincronizarme con mi viaje de vuelta al aeropuerto de Verona, decido alargar un poco mi estancia en el hotel. No voy a salir a primera hora y me quedo leyendo en la habitación. Así, además, dejo que el sol vaya calentando el día, aunque el día va a ser más bien frío y nublado.

Un paseo por Trento

El centro histórico de Trento es pequeño, por lo que en un corto paseo puedes visitarlo sin darte mucha prisa. Como siempre, tu visita puede hacerse infinita visitando museos, exposiciones, etc., aunque esta no será la ocasión.

Comienzo mi paseo por Trento en la Piazza Dante. Me sorprende que Dante tenga una plaza en Trento —de hecho es la plaza más grande—, ya que, hasta donde he podido investigar, Dante no tiene ninguna relación directa con esta ciudad.

Empezar el paseo en la Piazza Dante tiene un porqué, bueno, de hecho dos: el primero, el más banal, es que el autobús me dejaba aquí; el segundo, el más importante, porque en esta plaza está la oficina de turismo.

Entro en la oficina de turismo. Es una oficina moderna y agradable. Tras una breve conversación con la mujer que me atiende, tan solo logro salir con el típico mapa turístico y con nula información extra. Parece que la mujer aún no ha terminado de empezar el día.

Salgo de la oficina de turismo y, dado que no he sacado nada nuevo de mi paso por esta, comienzo el paseo que ya tenía planificado. Así pues, me dirijo hacia mi primera parada: el Castello del Buonconsiglio.

El Castello del Buonconsiglio —conocido también como Castillo de Trento en su traducción al castellano— es actualmente la sede del museo de historia de Trento. Como uno puede deducir de su nombre, es famoso por haber sido sede de las sesiones del Concilio de Trento entre 1545 y 1563, el cual fue la gran respuesta de la Iglesia católica a la Reforma protestante, redefiniendo el devenir de la institución en los siglos venideros. El castillo se puede visitar, pero hoy no será el día. Prefiero volver en otra ocasión y poder disfrutar de la visita sin prisas. Me conformo con recorrer los jardines exteriores y admirar el magnífico edificio que es, que no es poco.

Continúo con mi paseo hasta llegar a la Piazza Duomo. Probablemente, esta plaza es la más reconocible de Trento. En ella se reúnen el Palazzo Pretorio, la Torre Civica, la Cattedrale di San Vigilio y, contemplándolos a todos, la fontana del Nettuno en el centro de la plaza.

La Piazza Duomo es verdaderamente bonita. No hay mucha gente y puedo permitirme el lujo de esperar hasta poder hacer alguna foto en la que no aparezca gente en medio, o al menos en primer plano. Tal vez la vista que más me gusta de la plaza es la que se obtiene desde el suroeste, con la Torre Civica, la Casa Cazuffi al lado —adornada con frescos atribuidos a Fogolino, quien los pintó entre 1531 y 1536— y la fontana del Nettuno en medio.

He reservado en un restaurante para comer mi última pizza del viaje, pero aún tengo algo de tiempo. Desde la Piazza Duomo voy en dirección sur hasta encontrarme con la antigua muralla de la ciudad. No queda mucho de esta, pero uno se puede hacer una idea del tamaño de la ciudad cuando esta estaba amurallada. Extramuros, en la Piazza Fiera, busco un banco y me tomo un café —gracias a mi fiel compañera de viaje: la máquina de café expresso portátil— para entrar en calor. En toda la mañana el cielo no se ha abierto ni en un solo momento y empiezo a dudar de que detrás de esa capa gris esté el sol.

Tras dar buena cuenta de la pizza y de un tiramisú de postre, salgo del restaurante con la sensación de despedida. Tengo unos pocos minutos andando hasta llegar a la estación de trenes donde cogeré el tren que me llevará a Verona. Aprovecho este último paseo para pasar por la Via Belenzani. Esta calle es una de las más importantes de Trento y, probablemente, una de las más bonitas. A lo largo de la calle hay numerosos edificios históricos cuyas fachadas están decoradas con antiguos frescos. Desde luego, algo digno de ver.

Llego a la estación de trenes y, ahora sí, sé que este es el final del viaje. A partir de ahora, tan solo resta deshacer mis pasos hasta llegar a casa.

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