Milano Cortina 2026 — Día 3

8 de febrero de 2026. Nuevo día de Juegos Olímpicos por delante. El sol brilla y el cielo es azul. Veo las montañas de más de 2.000 metros que flanquean Trento en todo su esplendor. Tan solo es mi segundo día en Trento y la rutina empieza a apoderarse del viaje. Me despierto en la misma habitación, desayuno lo mismo, preparo las mismas cosas para el día y el recorrido hasta el estadio va a ser exactamente el mismo que ayer.

En realidad, muy a mi pesar, el recorrido hasta Tesero hoy tiene una pequeña variación por un pequeño error de cálculo: cuando preparé el viaje, me cercioré de que, para llegar al hotel, existiera una opción de transporte público que no implicara mucho tiempo. Esa opción existía y, de hecho, es la que he utilizado estos días. Pues bien, hoy es domingo y el autobús que estaba utilizando estos días hoy no tiene servicio. Por suerte, hay otras líneas que me llevan a la estación, pero implican darme un pequeño paseo hasta la parada; no negaré que hasta me apetece pasear un poco, aunque la zona industrial en la que estoy no es precisamente bonita.

De nuevo camino al estadio

Como decía, la rutina empieza a instalarse en el viaje. Las primeras veces de cualquier situación siempre son una mezcla de ilusión y de miedo. Las siguientes veces, la mezcla es de seguridad y, tal vez, de aburrimiento.

Ayer todo era nuevo: el tren por el precioso valle de Adigio, el autobús lanzadera al estadio, el estadio, etc. En las situaciones nuevas, al menos desde mi punto de vista, hay algo casi mágico que ya enunció Einstein en su momento: el tiempo es relativo. Ante la novedad estamos en alerta, estamos atentos a todo lo que nos rodea, somos más conscientes de lo que estamos viviendo; podríamos decir que el tiempo se estira. En cambio, cuando algo ya es rutinario, dejamos de prestar atención, actuamos de manera automática y el tiempo se nos escapa entre las manos sin darnos cuenta; en este caso, el tiempo vuela, se acorta. Hacemos lo mismo, pero lo percibimos de forma muy distinta.

Nueva sorpresa en el control de seguridad

De nuevo en la improvisada estación de autobuses de Tesero, donde llegan las distintas lanzaderas, recorro el mismo camino que ayer hasta las puertas del estadio. Hoy la competición empieza media hora antes que ayer, por lo que la espera frente a las puertas se hace más llevadera. Además, el sol y el cielo azul suavizan la espera.

Abren las puertas y me fijo en el cartel de las normas. Efectivamente, pone que hay que vaciar las botellas, pero no dice nada de tener que tirarlas como nos hicieron hacer ayer. Llego al control y, sorpresa: no se puede pasar comida. Ayer sí, hoy no. El voluntario me dice que las normas han cambiado, literalmente, de ayer a hoy. Tras el desconcierto inicial, pregunto si al menos me puedo comer los bocadillos allí. Me dicen que sí, pero tengo que renunciar a mis galletas y a mis patatas fritas porque, evidentemente, no me lo puedo comer todo de golpe. Parece que, gracias a hablarle en italiano —suposiciones mías—, el voluntario se apiada un poco de mí y, sin decirlo, me da la bolsa donde guardaba los bocadillos como invitándome a hacer como que me los comía y así poder pasar el control. Como un poco y me guardo el resto. Al menos, además, he logrado pasar la botella de agua.

Hoy sí acierto con el sitio

Si algo tenía claro hoy, era dónde no me iba a poner para ver la carrera. Ayer fue una auténtica tortura —sarna con gusto no pica, dicen— por culpa de la pendiente y la nieve, y hoy quiero un sitio cómodo. Renuncio a tener la vista al estadio —al fin y al cabo se ve todo bastante lejos— y priorizo la cercanía con los esquiadores. Me pongo en una zona plana donde los esquiadores, durante la parte de esquí clásico, pasarán a un par de metros de mí; siempre me ha gustado esta cercanía en cualquier competición.

La espera es mucho más agradable que ayer —tampoco estaba el listón muy alto, la verdad—. Puedo prepararme un café, comer tranquilamente, tengo cierto margen de movimiento, etc. Como guinda del pastel, además, el sol termina de remontar el bosque y ya calienta.

Milano Cortina 2026: skiathlon masculino

No me considero una persona especialmente idólatra, pero es cierto que siempre me ha gustado conocer a personas que destacan en los deportes que practico. He tenido la suerte de ver competir a Tadej Pogačar en ciclismo, a Mikaela Shiffrin en esquí alpino, a Johannes Thingnes Bø en biatlón, a Patrick Lange en triatlón, etc. Hoy en día, nadie duda de que Johannes Klæbo es el mejor esquiador de fondo de toda la historia y es él precisamente el motivo por el que quería venir a los Juegos Olímpicos de Invierno.

Oigo rugir al estadio y entiendo que la carrera empieza. Miro la pantalla gigante y, efectivamente, la prueba ha comenzado. Los esquiadores no tardan en llegar a mi posición. Johannes Klæbo, con el número 1, lidera el grupo. Los esquiadores pasan tan cerca de mí —por supuesto, estoy tras una valla— que noto el viento que generan al pasar.

En el primer paso todos van juntos; a partir de entonces la carrera se rompe a favor de los elegidos. Tras el cambio de esquís, comienza la parte de estilo patinador, aunque las cosas en cabeza no cambian mucho. Ahora los esquiadores no pasan por mi paso, sino por detrás de mí. Valoro la opción de acercarme a la valla, aunque tendría que conformarme con estar en tercera o cuarta fila. Me quedo en mi sitio, ya que, gracias a estar en alto, lo veo todo perfectamente.

Un reducido grupo de esquiadores aguanta en cabeza hasta poco antes de 1 km para el final, pero es entonces cuando, como era de esperar, Klæbo asesta uno de sus ataques para abrir un hueco que le proporciona la ventaja suficiente para hacerse con su primer oro en estos Juegos Olímpicos de Invierno. Es historia y yo he estado ahí para verlo. Me vuelvo a Trento agradecido.

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