Viaje a Uzbekistán — Día 4

19 de junio de 2025. Son las cuatro de la mañana. De nuevo, la culpa del madrugón —y de perder el desayuno del hotel— la tienen los extraños horarios de los trenes uzbekos. Aun así, no me quejo. Hace una hora no hubiera dado ni un solo céntimo porque hoy acabáramos yendo a Bujará; menuda noche he pasado gracias a algo que comí o bebí ayer.

Bujará,  junto con Samarcanda, son las dos ciudades más importantes, históricamente hablando, de lo que hoy en día es Uzbekistán. De hecho, Bujará fue durante bastante tiempo la capital del imperio Samaní.

Camino a Bujará

Viajar en tren siempre es buena idea, se mire como se mire, pero si además se hace en un tren cama, mejor aún; al menos sobre el papel.

Estamos en la estación y, de nuevo, la información brilla por su ausencia. En principio el tren debería llegar del este —de Taskent—, pero cuando preguntamos, nos dicen que sale del mismo andén del que salimos el otro día hacia Taskent. Extraño. Al poco rato vemos que todo el mundo se cambia al andén de enfrente. Hacemos lo mismo y al poco rato el tren llega a ese andén.

Tren cama

Nunca he viajado en un tren cama como los que tantas veces he visto en los documentales de viajes —que veo de forma casi compulsiva—. Siempre me ha gustado la idea de viajar en ellos, pero la oportunidad no había llegado hasta hoy.

Los primeros minutos dentro del tren han robado todo el romanticismo que pudiera tener la experiencia. Demasiados pies desnudos a la altura de mi cara, pasillos muy estrechos, mucho calor y, para más inri, una de las dos camas estaba ocupada por una mujer que solo se ha ido cuando nos ha ayudado un local que hablaba inglés.

El tren arranca. Yo ya me he hecho la cama y me he acomodado en la cama de arriba. Tengo una pequeña ventanita por la que entra un aire que me devuelve la ilusión de estar viajando en un tren cama. 

Son cuatro horas de trayecto que me saben a gloria. Como la noche ha sido un poco movida —además de ser demasiado corta—, he dormido gran parte del trayecto. Llegamos a la estación de Bujará, que no a Bujará. Para llegar a la ciudad aún tenemos más de media hora en taxi.

Un día en Bujará

Bajamos del taxi en el complejo Lyabi-Hauz, pleno centro de Bujará. Entre el sensible estado en el que he salido del hotel y que, a diferencia del otro día, en el tren no nos han dado nada de comer, aún no hemos desayunado. A simple vista, lo que vemos nos gusta, pero coincidimos en que nos gustará aún más con el estómago lleno.

Bujará es un sitio más turístico que Samarcanda, y eso se nota en la oferta hostelera. No tardamos mucho en llegar a una cafetería con productos «occidentales», pero con un estilo local muy agradable. Buen café y pasteles es todo lo que necesitamos. Apuramos el desayuno y nos ponemos en marcha.

Complejo Lyabi-Hauz

Volvemos sobre nuestros pasos y regresamos al complejo Lyabi-Hauz. El  Lyabi-Hauz es, sin duda, uno de los sitios históricos más destacados de Bujará. El complejo está formado por las madrasas Kukeldash y Nadir Divan-begi y, entre ellas, por un pequeño, pero hermoso, estanque; de hecho, Lyabi-Hauz significa «junto al estanque» en uzbeko. En este lugar se reunían los comerciantes de la Ruta de la Seda para hacer sus negocios y, actualmente, sigue siendo un importante punto de encuentro social.

Entramos en la madrasa Nadir Divan-begi. Todo está lleno de pequeños puestos que venden artículos enfocados al turismo. Damos una vuelta y, ya saliendo, me llama la atención un puesto de artesanía donde veo que venden los estuches de madera tradicionales de los estudiantes en las madrasas. No compro nada, pero me guardo el sitio para más tarde.

Cúpulas comerciales: Toki

Atravesamos el Lyabi-Hauz y seguimos con nuestro paseo por Bujará. En nuestro recorrido hacia nuestra siguiente parada, aprovechamos para entrar en varias de las famosas cúpulas comerciales llamadas Toki. Estas cúpulas, originarias del siglo XVI, se situaban en los cruces de las calles dando lugar a pequeños bazares cubiertos.

Visitamos el Toki-Sarrofon, el Toki-Telpak Furushon,  el Tim Abdullakhan y, por último, el Toki-Zargaron. Realmente son curiosas, y estar bajo techo se agradece. Por supuesto, todas ellas están llenas de mercancías de todo tipo. En el Tim Abdullakhan nos gustan las alfombras, pero al preguntar por el precio, nos parece que es un precio turista —y bien que me parece—; no nos gusta regatear, así que seguimos nuestro camino en búsqueda de mejores oportunidades.

Po-i-Kalyan

El calor empieza a apretar. Antes de entrar a nuestra siguiente parada, hacemos un alto en el camino en uno de esos puestos callejeros con neveras llenas de bebidas frías a un precio más que ajustado. Desde luego, estos días estos puestos nos están dando la vida.

Un viaje no es un viaje si no te encuentras algo cerrado por obras. En este caso le  ha tocado a la madrasa Mir-i-Arab. Por suerte, el resto de los monumentos que componen el conjunto Po-i-Kalya están en perfectas condiciones: la madrasa Amir-Allimkhan, el minarete Kalyan y su mezquita homónima.

Entramos en la mezquita Kalyan. Tras varios días visitando mezquitas en Uzbekistán, ya empezamos a ser unos pequeños expertos —broma—, y vemos cosas de las que antes no nos dábamos cuenta. Un ejemplo de ello serían las arcadas laterales del sahn —patio central— que unen el  iwán —pórtico de entrada— y el haram —edificio principal—; en algunas mezquitas como la Bibi-Khanum esta arcada estaba totalmente desaparecida y solo quedaban restos de sus columnas.

Nos atrincheramos en un banco a la sombra en el patio y pasamos un rato observando el ambiente. Supongo que será por el choque cultural, pero estos lugares siempre me transmiten espiritualidad; lástima no ser una persona religiosa.

Arq

Nos armamos de valor y vamos andando hasta el Arq, la impresionante fortaleza de Bujará. En nuestro camino hasta la entrada nos van ofreciendo cada dos por tres la posibilidad de ir a donde sea en vehículos eléctricos como los carritos de golf. La tentación es grande, pero no me convence eso de contratar algo sin saber precios ni condiciones; probablemente, mi mentalidad de europeo me hace desconfiar.

No se tiene constancia exacta de cuándo el Arq fue construido, pero sí que se sabe que al menos data del siglo V. Pensar en todo lo que ha visto pasar esta fortaleza da vértigo, más aún teniendo en cuenta que estuvo en uso hasta la llegada de los rusos en 1920.

El Arq es un coloso. Llegamos por el este y tenemos que ir siguiendo la extraordinaria muralla hasta llegar a la entrada. No logro encontrar ninguna similitud con ninguna otra muralla que haya visto antes. Esta es enorme. Transmite una sensación de infranqueabilidad que pocas veces he sentido. La entrada, como no  podía ser de otra forma, es magnánima.

No toda la fortaleza está recuperada; de hecho, más de la mitad aún está pendiente —si esa es la intención— de excavación. Como es habitual en todos los sitios que hemos visitado, con la entrada no te dan ningún tipo de información —ni entrada en sí, nadie piensa en la pobre gente que colecciona entradas— y, en el mejor de los casos, puedes hacer una foto a algún plano que haya en la entrada; eso sí, otra cosa es que el plano esté en inglés o no. En esa ocasión, al menos, sí hay carteles informativos con algo de información y un  sistema de QR para obtener aún más información.

Tras pasar un buen rato recorriendo todos los rincones del Arq, la verdad es que me gusta. Como en otros sitios en los que hemos estado estos días, han aprovechado los distintos lugares del conjunto para hacer pequeños museos de diversas temáticas: escritura, numismática, hípica, etc. Son pequeñas exposiciones, pero probablemente las mejores que hemos visto hasta ahora en Uzbekistán.

Mención aparte merece la parte sin excavar. En un día soleado y caluroso como hoy, se hace algo duro caminar por los pasillos que han preparado en esta parte, pero, sin duda, merece la pena. La sensación de encontrarte en un desierto es grande. Encontrarte restos de edificios es emocionante. Las vistas de Bujará, y en concreto del Po-i-Kalyan, son simplemente sublimes.

Vuelta a Samarcanda

Sin prisa, pero sin pausa, hemos visitado todos los puntos que queríamos ver en Bujará. En general, nos ha gustado bastante. Ciertamente, es una ciudad que está algo más preparada para el turismo —y más que lo estará a juzgar por las otras que hemos visto— que Samarcanda, o tal vez tan solo vaya algo por delante. Lo que sí tiene en común con Samarcanda es su riqueza cultural frente a Taskent.

Comemos en un buen restaurante que nos reengancha a la vida gracias a la buena comida y al aire acondicionado; vuelvo a elegir plov. Volvemos a la madrasa Nadir Divan-begi y a la tienda de artesanía que me ha gustado esta mañana. Hablando con la dueña —para nuestra sorpresa, se defiende bastante bien en español—, nos cuenta que su marido es el artesano que hace todos los productos que están a la venta. Nos cuenta el proceso de fabricación y nos informa sobre las materias primas para que entendamos la diferencia de precio entre productos que, a priori, parecen muy similares. Hago mi elección y salgo de la tienda satisfecho con mi compra; sé que el precio es elevado, pero me parece justo.

De nuevo en la estación, aprovecho que aún nos quedan unos minutos para la salida del tren para comprar un pan tradicional uzbeko para el trayecto. Es demasiado contundente, pero ya iremos dando cuenta de él en los próximos días.

Ya en Samarcanda estamos rendidos, pero tenemos que tomar una decisión sobre si vamos primero al hotel y luego a cenar, si cenamos y luego vamos al hotel o si cenamos en el hotel. Miramos en Google Maps y vemos varias opciones. Nos decidimos por un restaurante, pero casi llegando ya al final del trayecto en taxi vemos otro restaurante. Cambio de planes. Bendito cambio de planes. ¡Qué cena tan agradable! No solo la comida es buena, sino que el restaurante es muy bonito y acogedor. Como guinda, cenamos en un topchan, mesa tradicional uzbeka.

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