Viaje a Uzbekistán — Día 3

18 de junio de 2025. Estoy tumbado en la cama sopesando mis opciones. Realmente tengo dos: quedarme en la cama en un duermevela que detesto hasta la hora del desayuno o salir a correr. Son apenas las seis de la mañana y, a pesar de ya haber amanecido hace rato, aún se conserva un cierto frescor. Salgo a correr.

Nada más salir ya veo que las sensaciones no son muy buenas, así que más que correr va a ser un caminar bastante rápido. Como me encanta hacer cuando estoy en un sitio nuevo, aprovecho el «entrenamiento» para visitar la ciudad casi desierta; al menos en cuanto a puntos turísticos se refiere. Primero paso, como no, por el Registán para luego subir por la calle del hotel para ver la mezquita Bibi-Khanum y su mausoleo justo en frente. Aunque sí veo algún turista como yo, tenga los monumentos prácticamente para mí solo. Llego hasta los pies de la mezquita Hazrat Khizr y vuelvo al hotel a desayunar. Ha sido una buena decisión.

Shah-i-Zinda

Shah-i-Zinda —»El Rey Viviente»— es una impresionante necrópolis al norte de Samarcanda. Situada dentro de la zona arqueológica de Afrasiab —cuna de la ciudad, habitada desde el 500 a. C.—, el conjunto está inscrito como Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2021. Está formado por más de veinte mausoleos, de los que destacan los de dos esposas de Tamerlán: Touman Aka (1405) y Koutloug Aka (1361). Además,  aunque la mayoría de los enterramientos corresponden a miembros de la familia real timúrida y nobles de Samarcanda, cuenta la leyenda que Qutham ibn Abbas, primo de Mahoma, está enterrado aquí.

Parece que hoy el calor ha aflojado un poco, pero tras llegar a Shah-i-Zinda andando desde el hotel ya no estamos tan seguros de ello. Estamos en la entrada del recinto y nos mentalizamos para la visita.

Un lugar especial

Hay mucha gente. O tal vez es tan solo la sensación que da. Shah-i-Zinda se podría describir, simplificando mucho, como un pasillo gigante donde los mausoleos se van sucediendo conforme avanzas por él. Como todos estamos en ese «pasillo», la sensación de aglomeración es mayor; hacer una fotografía sin que aparezca alguien es casi imposible.

Vamos avanzando y la belleza del lugar es innegable. Hay mausoleos más hermosos que otros, pero la mayoría —al menos a ojos de europeos— son impresionantes. Aparte queda, claro, la importancia histórica y cultural del lugar.

La primera parte del recorrido es tal vez, en mi opinión, la más bonita. Los mausoleos a izquierda y derecha son altos y ricamente decorados con cerámicas, entre unos y otros apenas hay unos metros de separación, por lo que cuando estás en el centro de la calle te sientes rodeado de una belleza que en pocos lugares he visto. Los interiores de los mausoleos son, en general, bastante sencillos —imagino que en su origen no serían así—, pero no dejamos de entrar en ninguno; si bien no son gran cosa, sí que nos sirven como refugio para huir durante unos minutos del sol.

Casi al final del recorrido, aprovechamos una sombra para sentarnos y observar tranquilamente lo que nos rodea. De nuevo vuelvo a reflexionar sobre el impacto que debía causar este lugar a los peregrinos que los visitaban allá por el siglo X.

Observatorio de Ulugh Beg

Antes de continuar con nuestras visitas de hoy, decidimos ir a un puesto que hemos visto a pocos metros de la entrada de Shah-i-Zinda a buscar algo fresco para beber. Por lo que hemos visto hasta ahora, este tipo de puestos es muy habitual: casi por cualquier parte que vayas ves neveras llenas de agua y refrescos; para nuestra suerte, los precios son más que económicos y una botella de agua fría de medio litro cuesta algo menos de 34 céntimos de euro al cambio.

Nuestra siguiente parada no está muy lejos, pero sabemos que todo lo que podemos ahorrarnos de andar lo agradeceremos al final del día. Pillamos un taxi al observatorio de Ulugh Beg y en apenas cinco minutos estamos frente a él.

Sin lugar a dudas, el nombre de Ulugh Beg está ligado a Samarcanda y a la ciencia. Hace dos días visitamos  la madrasa que mandó construir en el Registán —la más antigua de las tres— y en la exposición que había dentro pudimos ver la importancia que tuvo Samarcanda en el conocimiento científico, pues bien, el observatorio de Ulugh Beg es un símbolo de todo ello.

La construcción del observatorio de Ulugh Beg comenzó en 1424 —poco después de que terminasen las obras de la madrasa homónima— y en tan solo cinco años estuvo acabado. Rápidamente, se consolidó como un importante centro de estudios astronómicos y en él se llevaron a cabo algunos de los estudios más avanzados de la época. Desafortunadamente, tras el asesinato de Ulugh Beg en 1449, el observatorio cerró, fue prácticamente destruido y cayó en el olvido hasta el siglo XX. Lo que hoy en día podemos ver no es más que una sombra de lo que en su día fue.

Una sombra de lo que en su día fue

Estamos delante de uno de los pocos vestigios que quedan del observatorio: el sextante astronómico. A pesar de escuchar varias veces la explicación sobre su funcionamiento, sigo sin entenderlo. Por suerte, no hace falta entender su funcionamiento para darse cuenta de que claramente uno está ante algo que en su día fue tecnología punta.

Salimos del edificio donde se encuentra el sextante y entramos en el museo. No es muy grande, aunque sí curioso. En él vemos libros con cientos de anotaciones astronómicas. De nuevo no tengo ni idea de lo que nos dicen esos datos, pero sé que en su día fue revolucionario.

Fábrica de papel de Samarcanda

Tras comer —esta vez sí he comido la receta tradicional del plov— y una merecida siesta con aire acondicionado en la habitación del hotel, de nuevo estamos en un taxi dirección a nuestra última visita de hoy.

Hace unas semanas, cuando ya teníamos comprados los billetes de avión para este viaje, estaba viendo un documental sobre la escritura en la magnífica cadena francoalemana Arte. De pronto, apareció Samarcanda. Resultaba que Samarcanda, después de la invasión china de Asia central, se convirtió en un importante centro de producción de papel, mejorando la técnica china y permitiendo la fabricación de papel a unos niveles hasta entonces inéditos. Este hecho, que podría ser simplemente un dato del desarrollo económico de la ciudad, fue crucial para la expansión del conocimiento en aquella época. En este mismo documental apareció el lugar al que ahora nos dirigimos.

Bajamos del taxi y nos quedamos un poco descolocados. Ante nosotros tenemos una especie de recinto turístico —o al menos eso dice un cartel—, pero no vemos la fábrica de papel por ningún sitio. Hay un mapa con todo lo que hay en el recinto y, efectivamente, la fábrica se encuentra dentro; la mala noticia es que es uno de esos mapas un poco abstractos que representan la realidad de una forma un poco especial. Al final logramos dar con la fábrica, aunque no hay ningún cartel que lo confirme.

Entramos en la fábrica y un hombre, mediante gestos, nos indica que hay que pagar entrada. Solucionado ese trámite, ese mismo hombre nos hace una demostración —basado en gestos, el hombre no habla más que uzbeko— de todos los procesos de fabricación. Me esperaba algo más, pero salgo contento. En la tienda de la fábrica me compro una carta —sobre incluido— hecha con el legendario papel de Samarcanda.

Tarde entre uzbekos

Se ha quedado una tarde muy agradable. El sol ya ha empezado a bajar y el calor ya no aprieta como horas atrás. Decidimos bajar el ritmo e ir al Registán a disfrutar de lo que queda de tarde como, al parecer, hacen los locales.

Sentados en la terraza del quiosco justo en frente de la plaza del Registán, disfrutamos de una buena merienda con unas vistas que nos trasladan a un tiempo remoto. Parar y observar a la gente nos permite constatar lo mucho que se parecen nuestra cultura y la uzbeka en lo que a ocio se refiere. Vemos grupos de amigos sentados a la mesa contándose sus historias y a familias paseando con sus hijos, hijos que disfrutan como cualquier otro niño de un manjar tan magnífico como es un helado de chocolate. Es un ambiente muy agradable. Se respira tranquilidad.

La tarde ha ido cediendo paso a la noche, y el espectáculo de luz y sonido que disfrutamos en nuestro primer día en Samarcanda está a punto de comenzar. Dejamos nuestra mesa y nos vamos a sentar a la escalinata para despedir el día disfrutando de nuevo del espectáculo.

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