
17 de junio de 2025. Suena el despertador. Son las cuatro de la mañana. No es por gusto, sino por culpa de los extraños horarios de los trenes uzbekos. Hoy vamos a pasar el día a Taskent, capital de Uzbekistán, y curiosamente los trenes desde Samarcanda salen o muy pronto o muy tarde. El desayuno en el hotel, lamentablemente, es un daño colateral de estos horarios.
Como estamos en una zona peatonal cerrada al tráfico, tenemos que pillar el taxi a unos cinco minutos andando. Gracias a Yandex Go todo está claro: sabemos dónde nos vamos a encontrar con el taxi, cuánto tiempo tarda en llegar, cuánto tiempo tardamos en llegar a la estación y cuánto nos va a costar.
Camino a Taskent

Llegamos a la estación con tiempo suficiente para esperar relajadamente la salida del tren y familiarizarnos con la estación. De nuevo, una infraestructura que me sorprende. Es una estación moderna, limpia y elegante. A juzgar por el trasiego de personas y la cantidad de negocios abiertos, es obvio que los locales están familiarizados con estos horarios.
Estamos en el andén a punto de ver amanecer. La temperatura es ideal, aunque poco durará; según las previsiones meteorológicas, va a ser un día tórrido. Llega el tren procedente de Bujará y, como no, me emociono. No soy un gran entendido en trenes, pero sí sé que el tren que nos va a llevar a la capital uzbeka es un Talgo español. Nada más subir al coche nos sentimos como en casa. Es curioso que no solo el coche, los asientos y demás son como en España, sino que hasta el olor es igual.
El trayecto hasta Taskent dura algo menos de dos horas y media, pero, aun así, nos sorprenden con una bolsita que contiene un bollo y un sobre de café soluble —por estos lares son muy aficionados al Nescafé—; nos ofrecen, además, té o agua caliente para el café. Como si de un manjar se tratase, doy buena cuenta del inesperado desayuno y, agradecido, no dejo de mirar por la ventana.
Este trayecto tiene la peculiaridad de que, durante un breve momento, lo que vemos por la ventana es Tayikistán; apenas un par de metros y una sencilla valla nos separan. También, aunque mucho más a lo lejos y por el otro lado del tren, vemos Kazajistán.
Un día en Taskent

Salimos de la estación y nuestra primera opción es pillar taxi al centro de la ciudad. Tarda demasiado, así que anulamos y nos vamos al metro previo paso por un cajero automático; la comisión que nos cobra el cajero es tan baja que, sin duda, es mucho mejor opción que cambiar euros en una casa de cambio.
El metro de Taskent es un punto turístico en sí. Construido en la década de los 70 del siglo pasado —época soviética—, fue el primer metro de Asia central. Cualquiera que haya estado en Rusia podrá ver similitudes estéticas con aquellos metros. Las estaciones de metro parecen museos o templos. Desde luego son dignas de ver. En cambio, todo ello choca con la modernidad de sus trenes o con sus sistemas de pago. Puedes comprar un billete sencillo de la forma tradicional —en ventanilla y en metálico—, o puedes pagar directamente con tu tarjeta, móvil o reloj en el mismo torno; de hecho, esta última opción la están promocionando y te sale casi a mitad de precio, al cambio unos 0,12 €.
Centro de la ciudad y gestiones técnicas

Salimos del metro y ya hace calor. No hay mucha gente por la calle. Empiezo a preguntarme por qué la mayoría de los coches son blancos y de la marca Chrysler. Tras buscar un poco, la respuesta a lo de la marca es sencilla: en Uzbekistán hay una fábrica de Chrysler. Lo del color ya es harina de otro costal, tal vez simplemente les guste ese color.
Nos encontramos frente al Hotel Uzbekistán. Sin saber nada de arquitectura, resulta evidente que este hotel fue construido durante la época soviética. De hecho, fue referente en todo Asia Central y símbolo de la prosperidad y modernidad de Uzbekistán. Actualmente, sigue en funcionamiento y alojarse en él cuesta unos 50 € la noche.
Cruzamos a la plaza Amir Temur, es decir, Tamerlán. El cruce se hace por el típico pasaje subterráneo soviético. Como te puedes imaginar, en el centro de la plaza hay una estatua del legendario conquistador. Nos sentamos enfrente de la estatua para decidir qué hacemos. El calor, a pesar de ser pronto, ya empieza a molestar bastante.
Como contaba ayer, cuando llegamos compramos un par de tarjetas de datos para los teléfonos móviles. Pues bien, una de ellas ha dejado de funcionar. Según la aplicación, tiene saldo negativo. Raro. Hago una búsqueda rápida en Google Maps y, sorpresa, tenemos lo que parece la sede central de Mobiuz a apenas 10 minutos andando. Probablemente, la solución más sencilla —teniendo en cuenta el precio— sería comprar una nueva, pero tengo ganas de interactuar con los uzbekos y ver si podemos solucionar el problema. Entramos en la tienda y en cuestión de unos minutos tenemos el asunto solucionado. Gracias a esta pequeña «aventura», volvemos a constatar la modernidad del país.
Es media mañana y apenas hemos visto nada de la ciudad, pero tenemos ganas de ir a una cafetería a por un café y un bollo. El destino nos pone en nuestro camino una de esas cafeterías-panaderías que tanto nos gustan. ¡Qué maravillosa se ve la vida con aire acondicionado, un café latte y un bollo de nueces!
Bazar Chorsu

De nuevo en el metro, y de nuevo nos maravillamos con las estaciones. Nos dirigimos hacia uno de los puntos más famosos de Taskent: el Bazar Chorsu. La historia de este bazar se remonta al siglo IX y está estrechamente ligada a la vida social y económica de Taskent. Actualmente, sigue siendo un mercado de referencia para los locales y un buen lugar donde tomarle el pulso a la gastronomía uzbeka.
Salimos del metro y parece que la temperatura ha subido un par de grados más. Hay mucha gente por todas partes y algo de caos, cosa que me provoca mayor sensación de calor. Para encontrar la entrada al edificio principal del bazar, nos dejamos guiar por la gran cúpula azul. Finalmente, estamos dentro. La primera impresión es bastante «impactante», ya que justo estamos en la zona de carnicería y parece que las cámaras refrigeradoras no funcionan; o directamente no existen en muchos puestos.
Como buen bazar, está organizado en distintas partes donde, curiosamente, parece que todo el mundo vende lo mismo. Cruzamos por la mitad y decidimos subir a la parte de arriba para tener una mejor imagen y huir un poco de la aglomeración. Arriba nos encontramos principalmente con especias y frutos secos; el olor es agradable.
Desde lo alto del bazar, el movimiento es hipnótico: unos compran, otros cotillean el género, otros preparan con esmero sus productos, etc. Aunque identificamos —fácilmente— a occidentales como nosotros, la verdad es que hay una gran mayoría de locales. El bazar Chorsu sigue siendo un lugar preferencial para los taskenteses.
Abandonamos el bazar por lo que ahora sí, parece la puerta principal de entrada. La visita nos ha gustado, aunque nos cuesta mucho ver este tipo de sitios sin el prisma europeo. Entiendo que modernizar determinados hábitos sin destruir parte de la cultura es muy complicado, pero también es cierto —en mi opinión— que determinados beneficios como la salud pueden llegar a compensar esas pérdidas.
Madrasa Kukeldash

A pocos minutos del bazar Chorsu visitamos la madrasa Kukeldash. Construida en 1570 bajo la dinastía Shaybánida por el visir Dervish Khan, esta madrasa toma el nombre del apodo del visir: Kukeldash.
Sin lugar a dudas, esta madrasa es uno de los puntos históricos más importantes de la ciudad de Taskent, pero a mí, ignorante en tantos temas, lo que más me gusta es que es una madrasa en uso. Llevamos poco tiempo en Uzbekistán, pero ya hemos visto varias madrasas, todas ellas hermosas, pero en desuso. Aquí es distinto, aquí puedes ver a los estudiantes entrando y saliendo de las pequeñas aulas que dan al patio, puedes ver las aulas con sus pupitres, puedes ver, en definitiva, la madrasa viva.
Pausa necesaria
El restaurante que hemos seleccionado para comer no está muy lejos, pero preferimos ir hasta allí en un taxi. El establecimiento es elegante, aunque desafortunadamente el aire acondicionado no es todo lo potente que nos gustaría —o que necesitaríamos—; para más inri, el agua natural fría se les ha acabado y me tengo que conformar con agua carbonatada —me gustaría tener unas palabras con el espabilado al que se le ocurrió hacer tal aberración al agua—.
La comida es sabrosa. Yo he aprovechado para pedirme un plov, en mi primera aproximación al plato nacional. Esta no es la receta tradicional, pero está muy buena. El plov uzbeko tiene una receta en concreto; de hecho, junto con el de Tayikistán, son patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
El termómetro marca los 44 °C, así que nuestros siguientes pasos nos llevan al supermercado de al lado a por agua y a otra cafetería de la misma cadena de la de esta mañana. Nos atrincheramos hasta que el calor de un respiro.
Museo Amir Timur

Avanza la tarde, pero andar por la calle sigue sin ser buena idea. Pillamos un taxi hasta el museo Amir Timur con la esperanza de pasar una tarde de cultura en un ambiente respirable. Lo que inicialmente iba a ser un cómodo viaje en taxi hasta el museo se convierte en una cuenta atrás de los segundos que quedan para llegar a nuestro destino; el taxi no podría ser más pequeño ni tener más calor dentro.
Entramos en el museo y, si bien no se está especialmente fresco, al menos sí que se está mejor que en la calle. A simple vista parece un museo bastante pequeño, y lo que más llama mi atención —tanto por dentro como por fuera— es el edificio en sí.
Tras recorrer el museo de arriba a abajo, salgo desilusionado. Esperaba mucho más de un museo nacional en la capital del país. La mitad de los objetos del museo son cosas que apenas tienen valor histórico —como las hojas de visitas de mandatarios internacionales o los regalos que Uzbekistán ha recibido; el de España, especialmente lamentable: un panfleto del Alcázar de Segovia—, y, la otra mitad —más o menos—, son reproducciones de objetos que sí tienen valor histórico, pero que se encuentran en países extranjeros.
A pesar de que el museo me parece bastante pobre, sí que me gusta el sistema que tienen de realidad aumentada en todos los puntos turísticos. Con una aplicación gratuita puedes ir escaneando carteles —he visto por muchos lugares— y ver contenido multimedia sobre el lugar donde te encuentres.
Apurando la tarde
Ciertamente, ya se está mejor en la calle, pero las fuerzas ya están mermadas. Tan solo quiero ver por fuera el Teatro Navoi, es decir, el teatro nacional de ópera en Taskent, por lo que volvemos a echar mano del taxi para llegar hasta allí.
Tras la foto de rigor, vamos a un supermercado cercano a buscar algo fresco para merendar. Contentos con nuestra compra, vamos caminando hacia un parque y, de pronto, la anécdota del día: me preguntan si me pueden entrevistar para un canal de televisión para que responda tres preguntas sobre mi estancia en Uzbekistán. Por supuesto, acepto encantado.
En los parques es donde uno puede ver el alma de las ciudades. Paseamos por un pequeño parque lleno de grandes árboles que nos protegen del calor. En un lateral, las pequeñas librerías se dan paso las unas a las otras, y, en un momento dado, vemos lo que claramente son enormes estanterías vacías que en algún momento se llenan de libros al aire libre. Los puestos de alquiler de bicicletas me recuerdan a los que había en el Parque Grande de mi ciudad natal.
Atravesar el parque, aparte de haber sido una genial idea, también era necesario para llegar a la parada del metro que nos llevará de nuevo a la estación de trenes. Entramos en el metro —esta vez dedicado a la cosmología, sirve como homenaje a todas aquellas personas que fueron pioneras— y esperamos la llega del convoy. Llega el metro, pero las puertas no se abren. Las personas en el interior, al principio divertidas, se empiezan a poner nerviosas al verse atrapadas dentro. Por fin, mediante fuerza bruta, logran abrir las puertas. El metro se va vacío. Decidimos salir a la superficie para pillar un taxi, no nos queremos arriesgar a quedarnos atrapados y perder el tren de regreso a Samarcanda.


