Bautismo de vuelo sin motor

Abandonamos la autovía en mitad del canal de Berdún (Huesca) cuando una señal nos avisa de la cercanía del aeródromo de Santa Cilia de Jaca. En pocos minutos estamos atravesando la puerta de entrada. Me sorprende. No sé por qué había pensado que el aeródromo sería algo mucho más sencillo, pero realmente es todo un complejo de ocio.

Salimos del coche y nos da la bienvenida un calor al que aún no nos hemos acostumbrado; el verano, inexorable, empieza a pedir paso a la primavera. No tardamos mucho en llegar a la oficina y dejar patente mi total ignorancia en el asunto que nos ocupa.

— Buenos días, ¿venís a un vuelo con velero? —nos pregunta un hombre que claramente nos ve algo perdidos.

— No, a un bautismo de vuelo sin motor —respondo casi por decir algo.

— Es lo mismo —contesta el mismo hombre—. ¿Habéis traído gorra y crema solar? —nos pregunta.

— No, pero en el coche tengo una —algo es algo, pienso.

Vuelvo triunfante con mi gorra de Carrefour, recuerdo de una «Vuelta a España», y quedamos a la espera de que nos avisen.

No pasa mucho tiempo y el que va a ser mi instructor me avisa de que ya está todo preparado. Tan solo tenemos que ir andando hasta la pista mientras él remuelca el avión.

El momento se va acercando. El instructor me va explicando cómo eyectar la mampara de la cabina en caso de evacuación, me pone el chaleco paracaídas y me explica cómo usarlo, me explica alguna pequeña cosa más y, sin darme cuenta, estoy ya sentado en la cabina.

Estoy sentado en la cabina, es estrecha y no puedo tener las piernas estiradas totalmente; además, al fondo, están los pedales de dirección. Delante tan solo tengo la avioneta que nos va a remolcar y la pista de despegue que la veo casi a ras de suelo. El motor de la avioneta ruge, el cable que nos une a ella se tensa y empezamos a acelerar por la pista. En cuestión de segundos estamos en el aire. Estamos volando.

Es una sensación extraña, pero agradable. Sientes que estás volando, pero no sientes las vibraciones que se sienten en un avión normal. No tenemos motor. Transcurridos unos pocos minutos, y sin aviso previo, nos soltamos del cable. La avioneta vira bruscamente a babor —izquierda— y nos deja el cielo para nosotros.

Hemos volado en dirección noreste y vemos bajo nosotros Aragües del Puerto, Jasa, Sinués, etc. Al norte vemos los Pirineos con sus cumbres aún nevadas, al sur la inconfundible Peña Oroel, siempre testigo de lo que pasa en la Jacetania. Estamos a unos 1.700 metros de altura, pero el instructor me muestra qué fácil es ganar altitud. En apenas unos minutos estamos a más de 2.000 metros de altitud.

—¿Cómo vas, Daniel? —me pregunta el instructor.

—Muy bien —respondo.

—¿Quieres llevarlo un rato? —me pregunta.

—¿Puedo? —pregunto extrañado.

El instructor me da un par de nociones y me cede el mando. Estoy volando un avión sin motor. Muevo el mando y el avión me responde. No es virtual, es tan real como la vida misma.

La media hora que dura el vuelo pasa rápida. Oigo al instructor hablando por la radio. Está pidiendo permiso para aterrizar. No tardamos mucho en volver a ver el aeródromo por babor. En apenas un par de virajes, encaramos la pista de aterrizaje. El aterrizaje es muy suave, pero impresiona al hacerlo casi a ras de suelo. La vieja idea de sacarme el carnet de piloto ha resucitado con más fuerza que nunca.

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